Análisis Social con Sentido Humano  

 


Homilía del Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Jornada por la Paz, Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe

18 de diciembre de 2011

 


   

En este Cuarto Domingo de Adviento nos hemos reunido en la casa de la madre común, nuestra Señora de Guadalupe, para dar inicio a un Triduo de Oración por la Paz y la Reconciliación en México, tierra donde la dulce niña del Tepeyac ha querido poner su casa para mostrar su amor y compasión a todos los habitantes de nuestra atribulada y herida nación.

La paz, don precioso de Dios, ¡cómo se anhela cuando se ha perdido! Y ante la pregunta de por qué se ha ido perdiendo la paz social, la respuesta es simple: porque no hemos sabido dar un “Sí” a Dios y nos hemos alejado de sus mandamientos: el amarlo a Él sobre todas las cosas, más que a nosotros mismos; el no matarás; el no robarás y no codiciarás los bienes ajenos y, por supuesto, el respeto a los demás. A todos estos mandatos de vida hemos dicho un ¡No! rotundo, siguiendo las inclinaciones egoístas de nuestro corazón endurecido y lleno de soberbia, y esto nos ha conducido a recoger como fruto de nuestra rebeldía la violencia, la brutalidad, la maldad, la corrupción, la mentira y la traición.

La ausencia de paz no es porque Dios nos ha dejado solos, sino porque nosotros lo hemos abandonado y nos hemos burlado de su ley. Debido a una libertad mal entendida, hemos dado rienda suelta a nuestro libertinaje, hemos venido minando y destruyendo casi imperceptiblemente nuestras raíces cristianas y sus valores; se ha atacado deliberadamente a la familia, fundamento de toda convivencia social; se ha trastocado el don sagrado de la vida; se ha fomentado el desdén por la autoridad y su debida obediencia; se ha exaltado el materialismo y se ha endiosado el dinero y el poder, y esto ha traído como consecuencia la cosificación de las personas que se convierten en objetos, estadísticas, medios para alcanzar fines mezquinos; hemos perdido de vista que todo ser humano es hijo de Dios, con una dignidad inalienable, merecedora de respeto, de estima, compasión y perdón.

Cómo contrasta hoy nuestra patria herida con el “¡Sí!”, firme y amoroso, de la Virgen María a la voluntad de Dios, una voluntad que no es un simple querer sino una verdad, y ante la verdad Ella se inclina, entra en su obediencia sin complicaciones y con sencillez. No es María quien descubre la verdad ni se adueña de ella; escucha atenta, pregunta y acepta con un sentido de profunda humildad: “Soy la esclava del Señor -le dice al Ángel-, cúmplase en mí, según lo que me has dicho”. ¿Y qué obtiene María como fruto de su obediencia? La paz que nace de hacer la voluntad de Dios, y la alegría que emerge de amarle sobre todas las cosas, con toda el alma, la mente y el corazón.

María, la mujer creyente, la señora de la paz y la alegría, es también la mujer del Adviento, de la esperanza, pero una esperanza que se afianza en la convicción de que para Dios nada es imposible. Nada más alejado del ser cristiano que la desesperación; por eso hoy estamos aquí, porque creemos en la oración, creemos que la súplica constante y sin desfallecer puede cambiar nuestro país; puede convertir el corazón de los pecadores y criminales, no con la amenaza del castigo eterno, sino con la ternura y el amor del Padre mostrado en su Niño, nuestro Salvador, el Príncipe de paz que viene para salvarnos, para liberarnos de la mayor de las esclavitudes que es el pecado; su nacimiento en la humildad de la carne, nos conmueve, y su muerte violenta en la cruz nos estremece. Estos dos acontecimientos no están separados, son uno solo, es el grito de Dios en medio de la demencia del mundo que nos dice cuánto nos ama, y que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Sí, el justo es amado por Dios, el miserable es amado por Dios, el pobre es amado por Dios, el pecador es amado por Dios, el criminal es amado por Dios, el agnóstico y el ateo son amados por Dios, el enemigo de Dios es amado por Dios. Pero Él no ama nuestro pecado, porque el mal nos destruye, ama nuestra persona y nos quiere libres de esclavitudes, de vicios, de odios, de violencia, de ambiciones y de soberbia.

En México existe una sana separación entre el Estado y las Iglesias, al Estado le compete garantizar la seguridad y la gobernabilidad del país, y tiene las leyes coercitivas a su disposición para ejercer, de forma legítima, el poder que busca el bien de la sociedad, respetando en todo momento los derechos humanos. A las Iglesias nos toca procurar la salvación integral de todo ser humano, acercar a los hombres y mujeres de buena voluntad a Dios, hacer presentes en la sociedad los valores del reino sobre los que se construye una paz auténtica: la verdad, la justicia y la fraternidad. Jesús nos ha ordenado no devolver mal por mal, más bien rezar por nuestros enemigos y por quienes hacen el mal, y la fe en Jesucristo, además de la adhesión a su persona, es creer  que el amor es más fuerte que el odio, que el poder de la oración es más eficaz que el de las armas, que la gracia de Dios puede convertir al peor de los criminales y pecadores, y que Jesús, con su pasión dolorosa y su muerte violenta en la cruz, es el único que puede devolvernos este precioso y anhelado don.

Estamos aquí porque creemos que el amor lo vence todo, porque creemos en la eficacia invisible de la oración, porque sabemos que si pedimos y suplicamos todos los días, Dios convertirá el corazón de los criminales y pecadores, y volverán arrepentidos a Él.

México tiene futuro, nuestra patria tiene esperanza. El corazón de los mexicanos es noble, amamos la paz, queremos la reconciliación, buscamos un futuro mejor para nuestros niños y jóvenes, queremos un país del cual sentirnos contentos y orgullosos, y lo alcanzaremos si todos nos avocamos a reconstruir el tejido social, a decirle a Dios un “Sí” alegre y obediente como el de María, si nos empeñamos en educar en los valores religiosos, éticos y civiles a las nuevas generaciones, si nadie se siente ajeno a este grave compromiso de ser constructores de la paz, de una verdadera “civilización del amor”, como incansablemente lo propuso el venerable pontífice Paulo VI.

Resulta providencial que este día en que iniciamos este Triduo de Oración por la Paz en México, estemos celebrando también los quinientos años del sermón predicado en la Isla de la Española, hoy Santo Domingo, por Antonio de Montesinos, un humilde y sensible fraile dominico que cambió la historia de nuestro continente al reafirmar la dignidad humana de los indígenas y cuestionar la legitimidad de la conquista impuesta con brutalidad y violencia. Quién diría que ese sermón del Cuarto Domingo de Adviento de 1511, sería el fundamento de lo que hoy llamamos “derechos humanos”.

Las Iglesias, como signo de unidad en Cristo, estaremos unidas en la oración estos tres días, suplicando a Dios el don de la paz. Deseo con el corazón que todos los mexicanos, las autoridades, las instancias civiles y sociales, nos unamos en un solo propósito, cada cual desde su propio quehacer: construir y alcanzar la paz para nuestra amada nación. Ningún esfuerzo será pequeño, ningún afán será inútil, y nos deben alentar las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”.

Que Jesucristo, Príncipe de la paz, y su Santísima Madre, María de Guadalupe, nos concedan la paz, paz que tanto anhelamos, deseamos y esperamos.